domingo, 9 de diciembre de 2012

Soluciones a los ejercicios de falacias

1. Es Ad Populum. Trata de hacer que se acepte porque pueblos enteros la aceptaron.
2. Ad Baculum. Dice que si no oímos esas palabras vendrán plagas sobre nosotros y demás...
3. Falacia de accidente. De una generalidad se deriva la afirmación de algo particular.
4. Accidente inverso. Ya que a uno se le aplicó el examen, pues entonces todos tenemos ese derecho.
5. Ad ignorantiam. No podemos comprobar que no se hizo manipulación mental para ganar.
6. Pregunta compleja. Supone de antemano que se es sonámbulo.
7. Apelación inapropiada a la autoridad. El Sr. Juan José Arreola no es experto en deportes, sino en literatura, es escritor.
8. Es ad hominem. Suponemos que es un mentiroso.
9. Ad hominem. Descalificamos la vida personal del señor secretario y no su argumento.
10. Causa falsa. Con los balazos, seguro murió y la caída debió haber sido extra.
11. Ad populum. Apela al pueblo para justificar esa ley.
12. Ad misericordiam. Apela a la piedad de los oyentes.
13. Petición de principio o argumento circular. Pone como premisa y como conclusión la idea de la injusticia en esas condiciones descritas.
14. También es argumento circular. Lo benéfico resulta tanto en conclusión como en premisa.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Identificación de falacias


IDENTIFICACIÓN DE FALACIAS

Escribe qué tipo de falacia es cada uno de los argumentos y agrega el por qué.

1.      La inquisición debió haber sido benéfica y estar justificada, dado que pueblos enteros la invocaron y la defendieron, hombres intachables la fundaron y crearon en forma severa e imparcial, y sus propios adversarios recurrieron a la hoguera para combatir sus llamas.
2.      Testifico que cada hombre escuchará las palabras proféticas de este libro. Si alguien desoye esas palabras, Dios enviará sobre él las plagas que están escritas en este libro: y si alguien se aleja de lo aquí prescrito, Dios lo alejará del camino de la vida, y de la ciudad de Dios y de las cosas escritas en este libro.
3.      Se dice que de cada cinco personas que nacen en el mundo una de ellas es china, por lo tanto todos aquellos que tienen cinco hijos tienen un chino.
4.      Todos tenemos derecho a que se nos aplique el examen fuera de la fecha indicada porque a Carlos se le aplicó después del día por haber sufrido un accidente
5.      Gané el premio porque hice control mental para atraer cosas positivas en mi vida.
6.      Además de ser sonámbulo, ¿qué otra dificultad padeces por las noches?
7.      Si el señor Juan José Arreola, reconocido poeta y escritor, defiende a capa y espada que el beisbol es un deporte somnoliento, pues efectivamente debemos aceptar que es aburridísimo ese deporte.
8.      El acusado miente cuando dice que es inocente porque sabe que si le creyéramos saldría libre.
9.      El señor secretario no puede señalarnos los errores que tenemos en nuestro trabajo porque él ha tenido problemas graves con su esposa y no tiene autoridad moral.
10.  Le pegaron tres balazos en el corazón y al caer hacia atrás tuvo la mala suerte de caer incrustándose la punta de una reja en la espalda, razón por la que murió.
11.  Sólo alguien que no estuviera comprometido con el bienestar de la gente y del país podría negarse a votar esta ley.
12.  No voy a hablar ahora de todo el dolor que he padecido, de toda mi entrega, de las cosas que he postergado por este proyecto que someto a vuestra aprobación.
13.  La vida es injusta para quienes sufren soledad, hambre y guerras, debido a que al sufrir todo ello, son objeto de la mayor injusticia posible.
14.  La energía solar es benéfica para todos. El agua, la lluvia, la vegetación, la naturaleza completa también es un factor de beneficio para los seres humanos y sobra decir que esto último es posible gracias a que se beneficia de la energía solar.

Guía de estudio para un examen de métodos de investigación


1.      ¿Qué son las falacias?
2.      ¿Por qué es importante distinguir las falacias en los argumentos?
3.      ¿En qué consiste la falacia contra la persona?
4.      ¿En qué consiste la falacia de apelación inapropiada a  la autoridad?
5.      ¿En qué consiste la falacia de accidente?
6.      ¿En qué consiste la falacia de accidente inverso?
7.      ¿En qué consiste la falacia de petición de principio?
8.      ¿En qué consiste la falacia de apelación a la emoción o ad populum?
9.      ¿En qué consiste la falacia de causa falsa?
10.  ¿En qué consiste la falacia de apelación a la ignorancia?
11.  ¿En qué consiste la falacia de pregunta compleja?
12.  ¿En qué consiste la falacia de apelación a la misericordia o a la piedad?
13.  ¿En qué consiste la falacia de apelación a la fuerza o ad baculum?
14.  ¿Qué diferencia tienen las falacias de inatinencia y las falacias de ambigüedad?
15.  Cita un ejemplo inédito de falacia ad baculum y explica por qué lo es.
16.  Cita un ejemplo inédito de falacia de causa falsa y explica su razón de ser.
17.  Cita un ejemplo de apelación a la misericordia y explica por qué lo es.
18.  Cita un ejemplo de falacia de pregunta compleja y di por qué lo es.
19.  Cita un ejemplo de falacia de apelación a la ignorancia y explica sus razones.
20.  Cita un ejemplo de apelación a la emoción y di por qué es falaz.
21.  Cita un ejemplo de falacia de petición de principio y explica por qué es falaz.
22.  Cita un ejemplo de falacia de accidente inverso y explica por qué lo es.
23.  Cita un ejemplo de falacia de accidente y explica por qué lo es.
24.  Cita un ejemplo de falacia de apelación inapropiada a la autoridad y di por qué lo es.
25.  Cita un ejemplo de falacia contra la persona y explica por qué lo es.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Una estructura de proyecto de investigación


COLEGIO SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
ESTRUCTURA DEL PROYECTO DE INVESTIGACIÓN



Profesor: Julián Hernández Castelano.

Se entiende como una descripción de los aspectos relevantes del trabajo a realizar. Contiene información fundamental para conocer los propósitos académicos del investigador. Esto es: el qué (problema) y para qué (objetivos), el cuándo (ruta crítica), el dónde (ubicación), el cómo (metodología) y el con qué (instrumentos), se va a investigar un aspecto de la realidad. Esta estructura deberá contener un mínimo de información  que se ajuste a los siguientes puntos:
I.  DATOS GENERALES
-    Título del proyecto.
-           Nombre del alumno o investigador.
-           E-mail:
-           Nombre del asesor.
-           Fecha de inicio.
-           Duración del proyecto.

II. EXORDIO O ABSTRACT.
Descripción sintetizada en no más de quince o veinte líneas acerca del trabajo que ha de realizarse, con la finalidad de orientar a los lectores o evaluadores a tener una noción general de lo que se habrá de investigar.

III. PALABRAS CLAVE.
Es una simple enumeración y enunciación de los conceptos más importantes a tener en cuenta durante la investigación. Su finalidad es similar a la del exordio: guían la idea que se tiene del trabajo.

IV.  ANTECEDENTES Y/O FUNDAMENTACION TEÓRICA
Los Antecedentes consisten en describir la evaluación histórica del conocimiento acerca del fenómeno o hecho a investigar.
La Fundamentación Teórica consiste en el planteamiento de:
a)    La perspectiva desde donde se desarrollará el estudio (modelo teórico, básico).
b)   Los elementos del tema que consideramos más significativos (variable con las cuales va a interactuar el  investigador).
c)    Los instrumentos teóricos de análisis de los datos obtenidos.

1. JUSTIFICACIÓN

Consiste en la exposición de motivos o razones para su investigación.

2. DESCRIPCIÓN DEL PROBLEMA
Consiste en identificar los fenómenos, hechos o situaciones, que puestos en relación presentan incongruencia, obstáculos, desconocimiento o discrepancia y que constituyen el objeto de estudio.

3. PLANTEAMIENTO TEÓRICO (Hipótesis, supuestos, pregunta, etc.)
El planteamiento se refiere a la elaboración de posibles explicaciones o soluciones a los problemas planteados.

V. OBJETIVOS
Los objetivos expresan las situaciones que se esperan resolver con la investigación

  1. GENERAL.
  2. PARTICULARES.
A)    TEÓRICOS.
B)    PRÁCTICOS.

VI. METODOLOGÍA

Métodos a utilizar y pasos a seguir para el logro (camino para sistematizar la investigación). Se debe incluir:
a)      Recursos materiales y humanos: Relación del personal requerido así como de los instrumentos necesarios para la realización de la investigación.
b)      Ruta crítica en su caso
c)      Cronograma

VII. RESULTADOS ESPERADOS, POSIBLES APLICACIONES Y USO DEL PROYECTO
Impacto, proyección y trascendencia de la investigación, ya sea a nivel científico, tecnológico, económico, cultural o social.

VIII.  REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Relación de libros y revistas consultadas para la colaboración de los antecedentes, así como material de consulta para el desarrollo de la investigación.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Identificación de argumentos (I)

Ejercicio para los alumnos de Primero de Bachillerato. Ya saben lo que tienen que hacer: en el comentario que hagan, escriban cuáles son las premisas y cuál la conclusión del presente argumento.

Tomado de:

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/la-civilizacion-del-espectaculo


La civilización del espectáculo

La creciente banalización del arte y la literatura, el triunfo del amarillismo en la prensa y la frivolidad de la política son síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la suicida idea de que el único fin de la vida es pasársela bien. Como buen espíritu incómodo, Vargas Llosa nos entrega una durísima radiografía de nuestro tiempo.

Claudio Pérez, enviado especial de El País a Nueva York para informar sobre la crisis financiera, escribe, en su crónica del viernes 19 de septiembre de 2008: “Los tabloides de Nueva York van como locos buscando un broker que se arroje al vacío desde uno de los imponentes rascacielos que albergan los grandes bancos de inversión, los ídolos caídos que el huracán financiero va convirtiendo en cenizas.” Retengamos un momento esta imagen en la memoria: una muchedumbre de fotógrafos, de paparazzi, avizorando las alturas, con las cámaras listas, para capturar al primer suicida que dé encarnación gráfica, dramática y espectacular a la hecatombe financiera que ha volatilizado billones de dólares y hundido en la ruina a grandes empresas e innumerables ciudadanos. No creo que haya una imagen que resuma mejor el tema de mi charla: la civilización del espectáculo.
Me parece que esta es la mejor manera de definir la civilización de nuestro tiempo, que comparten los países occidentales, los que, sin serlo, han alcanzado altos niveles de desarrollo en Asia, y muchos del llamado Tercer Mundo.
¿Qué quiero decir con civilización del espectáculo? La de un mundo en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas. Entre ellas la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y, en el campo específico de 
la información, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo.
¿Qué ha hecho que Occidente haya ido deslizándose hacia la civilización del espectáculo? El bienestar que siguió a los años de privaciones de la Segunda Guerra Mundial y la escasez de los primeros años de la posguerra. Luego de esa etapa durísima, siguió un periodo de extraordinario desarrollo económico. En todas las sociedades democráticas y liberales de Europa y América del Norte las clases medias crecieron como la espuma, se intensificó la movilidad social y se produjo, al mismo tiempo, una notable apertura de los parámetros morales, empezando por la vida sexual, tradicionalmente frenada por las iglesias y el laicismo pacato de las organizaciones políticas, tanto de derecha como de izquierda. El bienestar, la libertad de costumbres y el espacio creciente ocupado por el ocio en el mundo desarrollado constituyó un estímulo notable para que proliferaran como nunca antes las industrias del entretenimiento, promovidas por la publicidad, madre y maestra mágica de nuestro tiempo. De este modo, sistemático y a la vez insensible, divertirse, no aburrirse, evitar lo que perturba, preocupa y angustia, pasó a ser, para sectores sociales cada vez más amplios, de la cúspide a la base de la pirámide social, un mandato generacional, eso que Ortega y Gasset llamaba “el espíritu de nuestro tiempo”, el dios sabroso, regalón y frívolo al que todos, sabiéndolo o no, rendimos pleitesía desde hace por lo menos medio siglo, y cada día más.
Otro factor, no menos importante, para la forja de la civilización del espectáculo ha sido la democratización de la cultura. Se trata de un fenómeno altamente positivo, sin duda, que nació de una voluntad altruista: que la cultura no podía seguir siendo el patrimonio de una élite, que una sociedad liberal y democrática tenía la obligación moral de poner la cultura al alcance de todos, mediante la educación, pero también la promoción y subvención de las artes, las letras y todas las manifestaciones culturales. Esta loable filosofía ha tenido en muchos casos el indeseado efecto de la trivialización y adocenamiento de la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad de los contenidos de los productos culturales se justificaban en razón del propósito cívico de llegar al mayor número de usuarios. La cantidad a expensas de la calidad. Este criterio, proclive a las peores demagogias en el dominio político, en el cultural ha causado reverberaciones imprevistas, entre ellas la desaparición de la alta cultura, obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de sus claves y códigos, y la masificación de la idea misma de cultura. Esta ha pasado ahora a tener casi exclusivamente la acepción que ella adopta en el discurso antropológico, es decir, la cultura son todas las manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, sus creencias, sus usos y costumbres, su indumentaria, sus técnicas, y, en suma, todo lo que en ella se practica, evita, respeta y abomina. Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es poco menos que inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera divertida de pasar el tiempo. Desde luego que la cultura puede ser también eso, pero si termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se deprecia: todo lo que forma parte de ella se iguala y uniformiza al extremo de que una ópera de Wagner, la filosofía de Kant, un concierto de los Rolling Stones y una función del Cirque du Soleil se equivalen.
No es por eso extraño que la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura light, es decir, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir. Atención, no condeno ni mucho menos a los autores de esa literatura entretenida pues hay, entre ellos, pese a la levedad de sus textos, verdaderos talentos, como –para citar sólo a los mejores– Julian Barnes, Milan Kundera, Paul Auster o Haruki Murakami. Si en nuestra época no se emprenden aventuras literarias tan osadas como las de Joyce, Thomas Mann, Faulkner y Proust no es solamente en razón de los escritores; lo es, también, porque la cultura en que vivimos no propicia, más bien desanima, esos esfuerzos denodados que culminan en obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan intensa como la que las hizo posible. Los lectores de hoy quieren libros fácilmente asimilables, que los entretengan, y esa demanda ejerce una presión que se vuelve un poderoso incentivo para los creadores.
Tampoco es casual que la crítica haya poco menos que desaparecido en nuestros medios de información y que se haya refugiado en esos conventos de clausura que son las Facultades de Humanidades y, en especial, los Departamentos de Filología, cuyos estudios son sólo accesibles a los especialistas. Es verdad que los diarios y revistas más serios publican todavía reseñas de libros, de exposiciones y conciertos, pero ¿alguien lee a esos paladines solitarios que tratan de poner cierto orden jerárquico en esa selva y ese caos en que se ha convertido la oferta cultural de nuestros días? Lo cierto es que la crítica, que en la época de nuestros abuelos y bisabuelos desempeñaba un papel central en el mundo de la cultura porque asesoraba a los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían, hoy es una especie en extinción a la que nadie hace caso, salvo cuando se convierte también ella en diversión y en espectáculo.
La literatura light, como el cine light y el arte light, da la impresión cómoda al lector, y al espectador, de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con el mínimo esfuerzo intelectual. De este modo, esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción.
En la civilización del espectáculo es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los “chefs” y los “modistos” y “modistas” tengan en nuestros días el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos. Los hornillos y los fogones y las pasarelas se confunden dentro de las coordenadas culturales de la época con los libros, los conciertos, los laboratorios y las óperas, así como las estrellas de la televisión ejercen una influencia sobre las costumbres, los gustos y las modas que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos. Hace medio siglo, probablemente en Estados Unidos era un Edmund Wilson, en sus artículos de The New Yorker o The New Republic, quien decidía el fracaso o el éxito de un libro de poemas, una novela o un ensayo. Hoy son los programas televisivos de Oprah Winfrey. No digo que esté mal que sea así. Digo simplemente que es así.
El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que, insensiblemente, lo haya llenado la publicidad, convirtiéndose esta en nuestros días no sólo en parte constitutiva de la vida cultural sino en su vector determinante. La publicidad ejerce una influencia decisiva en los gustos, la sensibilidad, la imaginación y las costumbres y de este modo la función que antes tenían, en este campo, los sistemas filosóficos, las creencias religiosas, las ideologías y doctrinas y aquellos mentores que en Francia se conocía como los mandarines de una época, hoy la cumplen los anónimos “creativos” de las agencias publicitarias. Era en cierta forma obligatorio que así ocurriera a partir del momento en que la obra literaria y artística pasó a ser considerada un producto comercial que jugaba su supervivencia o su extinción nada más y nada menos que en los vaivenes del mercado. Cuando una cultura ha relegado al desván de las cosas pasadas de moda el ejercicio de pensar y sustituido las ideas por las imágenes, los productos literarios y artísticos pasan a ser promovidos, y aceptados o rechazados, por las técnicas publicitarias y los reflejos condicionados en un público que carece de defensas intelectuales y sensibles para detectar los contrabandos y las extorsiones de que es víctima. Por ese camino, los esperpentos indumentarios que un John Galliano hace desfilar en las pasarelas de París o los experimentos de la nouvelle cuisine alcanzan el estatuto de ciudadanos honorarios de la alta cultura.
Este estado de cosas ha impulsado la exaltación de la música hasta convertirla en el signo de identidad de las nuevas generaciones en el mundo entero. Las bandas y los cantantes de moda congregan multitudes que desbordan todos los escenarios en conciertos que son, como las fiestas paganas dionisíacas que en la Grecia clásica celebraban la irracionalidad, ceremonias colectivas de desenfreno y catarsis, de culto a los instintos, las pasiones y la sinrazón. No es forzado equiparar estas celebraciones a las grandes festividades populares de índole religiosa de antaño: en ellas se vuelca, secularizado, ese espíritu religioso que, en sintonía con el sesgo vocacional de la época, ha reemplazado la liturgia y los catecismos de las religiones tradicionales por esas manifestaciones de misticismo musical en las que, al compás de unas voces e instrumentos enardecidos que los parlantes amplifican hasta lo inaudito, el individuo se desindividualiza, se vuelve masa y de una inconsciente manera regresa a los tiempos primitivos de la magia y la tribu. Ese es el modo contemporáneo, mucho más divertido por cierto, de alcanzar aquel éxtasis que Santa Teresa o San Juan de la Cruz alcanzaban a través del ascetismo y la fe. En el concierto multitudinario los jóvenes de hoy comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de esa manera intensa y elemental que es el olvido de sí mismos.
La masificación es otro dato, junto con la frivolidad, de la cultura de nuestro tiempo. En este los deportes han alcanzado una importancia que en el pasado sólo tuvieron en la antigua Grecia. Para Platón, Sócrates, Aristóteles y demás frecuentadores de la Academia, el cultivo del cuerpo era simultáneo y complementario del cultivo del espíritu, pues se creía que ambos se enriquecían mutuamente. La diferencia con nuestra época es que ahora, por lo general, la práctica de los deportes se hace a expensas y en lugar del trabajo intelectual. Entre los deportes, ninguno descuella tanto como el futbol, fenómeno de masas que, al igual que los conciertos de música moderna, congrega muchedumbres y las enardece más que ninguna otra movilización ciudadana: mítines políticos, procesiones religiosas o convocatorias cívicas. Un partido de futbol puede ser desde luego para los aficionados –y yo soy uno de ellos– un espectáculo estupendo, de destreza y armonía del conjunto y de lucimiento individual que entusiasma y subyuga al espectador. Pero, en nuestros días, los grandes partidos de futbol sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas “barras bravas” de ciertos clubes y los estragos que han provocado con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva.
Paradójicamente, el fenómeno de la masificación es paralelo al de la extensión del consumo de drogas a todos los niveles de la pirámide social. Desde luego que el uso de estupefacientes tiene una antigua tradición en Occidente, pero hasta hace relativamente poco tiempo era práctica casi exclusiva de las élites y de sectores reducidos y marginales, como los círculos bohemios, literarios y artísticos, en los que, en el siglo XIX, las flores artificiales tuvieron cultores tan respetables como Charles Baudelaire y Thomas de Quincey.
En la actualidad, la generalización del uso de las drogas no es nada semejante, no responde a la exploración de nuevas sensaciones o visiones emprendida con propósitos artísticos o científicos. Ni es una manifestación de rebeldía contra las normas establecidas por seres inconformes, empeñados en adoptar formas alternativas de existencia. En nuestros días el consumo masivo de mariguana, cocaína, éxtasis, crack, heroína, etcétera, responde a un entorno cultural que empuja a hombres y mujeres a la busca de placeres fáciles y rápidos, que los inmunicen contra la preocupación y la responsabilidad, al encuentro consigo mismo a través de la reflexión y la introspección, actividades eminentemente intelectuales que repelen a la cultura frívola, porque las considera aburridas. Es para huir del vacío y de la angustia que provoca el sentirse libre y obligado a tomar decisiones como qué hacer de sí mismo y del mundo que nos rodea –sobre todo si este enfrenta desafíos y dramas– lo que atiza esa necesidad de distracción que es el motor de la civilización en que vivimos. Para millones de personas las drogas sirven hoy, como las religiones y la alta cultura ayer, para aplacar las dudas y perplejidades sobre la condición humana, la vida, la muerte, el más allá, el sentido o sinsentido de la existencia. Ellas, en la exaltación y euforia o serenidad artificiales que producen, confieren la momentánea seguridad de estar a salvo, redimido y feliz. Se trata de una ficción, no benigna sino maligna en este caso, que aísla al individuo y que sólo en apariencia lo libera de problemas, responsabilidades y angustias. Porque al final todo ello volverá a hacer presa de él, exigiéndole cada vez dosis mayores de aturdimiento y sobreexcitación que en vez de llenar profundizarán su vacío espiritual.


jueves, 4 de octubre de 2012

Una lección sobre la amistad, la vocación y la juventud: 3 idiots

No me ha parecido tiempo desperdiciado lo que hemos invertido en la proyección de este filme hindú (3 idiots, Rajkumar Hirani, India, 2009) porque está claro el mensaje de amistad, de amor por la profesión, es decir, la diferencia entre la simple dedicación, ya sea por tradición familiar o por la búsqueda del éxito material, del lucro, y por contraparte, la entrega de quien ama realmente lo que hace, quien estudia lo que le gusta y "hace de su profesión su pasión".

  Creo que esta película bien puede ayudarnos a orientar a los jóvenes que se preguntan ahora qué hacer en el futuro con su vida y de paso interpela nuestros métodos de enseñanza y critica la tendencia del mundo a convertir todo en una frenética carrera por alcanzar lo banal como ideal de vida.

  Debo agradecer muy especialmente a las tres hermanas Valencia Castillo por insistirme tanto en que observara esta película y que se las proyectara en clase a los alumnos. A Ana Luz, la mayor de ellas, porque con su propia experiencia ha podido constatar la actualidad y la pertinencia del filme. A Ana Paola, porque sabe que, estando a un paso de la Universidad, vale la pena tomar en cuenta esta bonita historia. Y a Ana Miranda, la más pequeña de las tres, que saldrá este año de secundaria y como todos sus compañeros de grupo sabe lo importante que es tener las metas bien claras, y porque exprime con intensidad el valor de la amistad.

  En fin, guardo mis palabras y espero sus comentarios para quienes la vieron con un servidor o quienes la vean por su cuenta. Aquí cómodamente podrán observarla:



  Espero sus apreciables comentarios.

  Profesor Julián Hernández Castelano.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sobre "el hecho extraordinario": conversión de Manuel García Morente

Estimados alumnos:

Estimados todos, tanto comunidad educativa, como visitantes externos:

Hemos estado reflexionando acerca de la maduración de nuestra fe. Es importante distinguir entre el hecho de creer o no creer en Dios o en la Religión, y la experiencia de Dios. Son cosas diferentes: se puede incluso optar por no creer en Dios, pero eso no es lo mismo que tener o no tener una experiencia de Dios.

Ha habido muchísimas personas en el mundo que dicen creer en Dios, pero nunca lo han experimentado. De hecho creo que ese es el mayor problema de nuestra Religión: se establece la idea de Dios, pero no se ha sentido a Dios. Aún así Dios concede la Gracia especial para la gente sencilla que entrega su fe ciegamente a Él. Pero eso no satisface las mentes y las almas sedientas. Hace falta más.

Explicaba a algunos alumnos que quien tiene una experiencia profunda de Dios puede iluminar a quienes no la han tenido. Y eso le basta a muchos para creer; pero existen los inconformes, los que buenamente esperan tener por sí mismos esta experiencia. Les he dicho que, al parecer, no hay que desesperarse. Es lo que recomiendan quienes han llegado a tener sendas experiencias místicas.


                                                                     Simone Weil

Hay también quienes conscientemente no confiesan su fe religiosa, pero preparan su interior a la visita de lo trascendente, viven una vida recta, ayudan, perciben algo que no saben explicar y que les impulsa a la bondad, o bien, viven sumidos en el dolor, en la enfermedad y pacientemente sufren esas pesadas cargas de la vida y de repente... tienen la visita de Dios. Son esas experiencias místicas. Vividas por hombres y mujeres extraordinarios. Tenemos el ejemplo de Simone Weil, que sin habérsele inculcado la religión, tuvo estas experiencias. Ya hablaremos más de ella aquí. La lista de místicos sería interminable. Está San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Pascal, y un larguísimo etcétera. Hoy nos concentramos en la experiencia de este filósofo español del siglo XX, Manuel García Morente. Presento de otra fuente la historia completa y el link donde narra esta su conversión:

Desde el ateismo y el dios de los filósofos

Manuel García Morente

Prestigiosocatedrático defilosofíapúblicamente conocido como ateo
El nombre de García Morente es bien conocido en la Universidad española. Era catedrático de Ética en la Universidad de Madrid -entonces, "Universidad Central"-, y una de las figuras más prestigiosas de la filosofía en España. Cuando estalló la guerra en España en julio de 1936, era Decano de su Facultad. Aparentemente, no era una persona con un perfil que diera motivos para temer nada de la República española. Era públicamente conocido como ateo; de hecho, poco después de morir su madre, siendo un adolescente, dejó de ir a la iglesia: ya decía que no creía.

Formado en Francia
Hizo estudios en Francia, y se licenció por la Sorbona, siendo discípulo de Bergson y Levy-Brühl. Filosóficamente, su mayor influencia venía del kantismo, como sucedía en España con muchos de los que habían pasado por la Institución Libre de Enseñanza, algunos de los cuales ocupaban puestos relevantes en la joven República. Era apolítico, y si acaso, sus ideas al respecto podían tener cierta afinidad con las de Ortega y Gasset, con quien le unían bastantes planteamientos y una estrecha amistad. Y sin embargo...

La muerte de su yerno
Apenas mes y medio de comenzada la guerra se produjo el vuelco. El 28 de agosto de 1936 recibe una llamada telefónica: su yerno había muerto. "Recibí la noticia de su muerte estando yo en la Universidad en el acto de entregar el decanato -del que fui destituido por el Gobierno republicano- a mi sucesor, el señor Besteiro. De mi casa, por teléfono, me comunicaron el fallecimiento de mi yerno. Yo comprendí enseguida que había sido asesinado. Y la impresión que la noticia me produjo fue tal que caí desvanecido al suelo. Cuando volví en mí pedí al señor Besteiro que interpusiera toda su influencia para lograr el rápido y seguro traslado de mi hija y nietos de Toledo a Madrid". Besteiro, que era un caballero, accedió y lo consiguió.

Lo mataron por ser de la "Adoración Nocturna"
El "delito" del yerno consistía en pertenecer a la Adoración Nocturna. Siguieron días de miedo, con registros y detenidos entre los vecinos. "En esta situación, el 26 de septiembre, al mes escaso del asesinato de mi yerno, recibí por la mañana temprano el aviso confidencialísimo de que urgía me ausentara de casa, y, si fuera posible, de España, pues se había acordado, por ciertos elementos descontentos de mi gestión en el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras, darme la muerte, como era usual entonces". Como suele suceder en las guerras civiles, las rivalidadespersonales se mezclan con las políticas.

Huye a París amenazado de muerte
Tuvo que huir precipitadamente a Barcelona, y de allí a París. Comenzó así un periodo de angustias. "Llegué, pues, a París, sin dinero, y con el alma transida de angustia y de dolor, y además corroída por preocupaciones de índole moral. ¿Había hecho bien en abandonar mi casa y a mis hijas (estaba viudo desde 1923) y ponerme egoístamente a salvo?". Era evidente que no le había quedado otra opción que huir, pero quedaba la duda, un sentimiento de impotencia que nunca había experimentado, y la humillación no sólo de no poder subvenir a las necesidades de los suyos, sino ni siquiera a las propias: tenía que vivir de la generosidad de algunos amigos.

Desasosiego en París
"Así, en París -recuerda-, el insomnio fue el estado casi normal de mis noches tristísimas". Cavilaba sobre su familia y su suerte, pero también empezaba a verse de un modo distinto que antes: "también a veces repasaba en la memoria todo el curso de mi vida: veía lo infundada que era la especie de satisfacción modorrosa que sobre mí mismo había estado viviendo; percibía dolorosamente la incurable inquietud e inestabilidad espiritual en que de día en día había ido creciendo mi desasosiego".

Le ofrecen un trabajo
No permanecía inactivo. Hizo gestiones para intentar sacar a su familia de España: primero, con la embajada británica; después, con la Cruz Roja. Fallaron. Además, tampoco estaba muy seguro: ¿qué podía ofrecerles si llegaban? En esta situación, llegó un primer golpe de fortuna: se dirigió a él una editorial para que preparara un diccionario español-francés actualizado. Alguien se acordó de él.

¿Pero, sería todo un castigo de Dios?
Con todo, el motivo principal de su angustia seguía inalterado: su familia. La idea de Dios llegó por primera vez a su cabeza: ¿sería un castigo de Dios? "La primera vez que la idea «castigo de Dios» rozo mi mente fue cosa fugaz y transitoria, en la que no paré mientes. Pero por la noche la misma idea reapareció, y esta vez ya con claridad y persistencia tales que hube de prestarle mayor atención. Pero fue para mirarla, por decirlo así, despectivamente y rechazarla con un movimiento de enojo, de orgullo intelectual y de soberbia humana. «No seas idiota», me dije a mí mismo. Y el pensamiento volcó sobre la pobre ideíta, humildita y buena, un montón rápido de representaciones filosóficas, científicas, etc., que la ahogaron en ciernes".

Reconoce que su vida se configura en buena medida sin su intervención
De repente, apareció un rayo de esperanza, también inesperado. En una visita a su amigo Ortega y Gasset, encontró en casa de éste un hombre cuyo hijo era secretario de Negrín, por entonces Ministro de Hacienda dela República. Al enterarse de la preocupación de García Morente, se ofreció a hacer gestiones por medio de su hijo. Además de agradecido, el catedrático quedó desconcertado. "Yo me quedé pasmado. El conjunto de lo que me estaba sucediendo tenía caracteres verdaderamente extraños e incomprensibles. Alrededor de mí o, mejor dicho, sobre mí e independientemente de mí, se iba tejiendo, sin la más mínima intervención de mi parte, toda mi vida".

Se le imponía la idea de la Providencia pero la rechazaba
Todo lo que intentaba, no salía; todo lo que salía, no lo había intentado ni previsto. "Yo permanecía pasivo por completo e ignorante de todo lo queme sucedía. Se diría que algún poder incógnito, dueño absoluto del acontecer humano, arreglaba sin mí todo lo mío. (...) Por tercera vez la idea de la Providencia se clavó en mi mente. Por tercera vez, empero, la rechacé con terquedad y soberbia. Pero también con un vago sentimiento de angustia y de confusión. Era demasiado evidente que yo, por mí mismo, no podía nada y que todo lo bueno y lo malo que me estaba sucediendo tenía su origen y propulsión en otro poder bien distinto y harto superior. Con todo, me refugiaba en la idea cósmica del determinismo universal, y una vez que se me ocurrió tímidamente el pensamiento de pedir, de pedir a Dios, esto es, de rezar, de orar -que era, sin duda, la actitud más lógica y congruente con todo lo que me estaba sucediendo-, lo rechacé también como necia puerilidad".

Solo y angustiado en París
Las gestiones comenzaron dando buenos resultados... pero acabaron en un nuevo punto muerto. En abril de 1937 su familia pudo salir de Madrid... pero no de España. Se instalaron en Barcelona; desde luego, estaban mejor que en Madrid, y tenían parientes que les acogieron. Pero había alguien que no quería que sus hijas y nietas salieran de la España republicana; las veía como rehenes que garantizaban que García Morente no emprendería actividades antirrepublicanas (algo que nunca pasó por su cabeza). Este volvió a derrumbarse: "Yo solo en París, desde el octavo piso de la casa del boulevard Sérurier, estaba obligado a esperar, angustiado, el estallido de los hechos que se concertaban o desconcertaban ellos solos, por sí solos, encima de mi cabeza.

Esperando sin saber qué
Aquellas noches fueron atroces. «¿Qué está haciendo de mí -pensaba- Dios, la Providencia, la Naturaleza, el Cosmos, lo que sea?». La impotencia, la ignorancia, una noche sombría en derredor y nada, nada absolutamente, sino esperar la sentencia de los acontecimientos. ¡Esperar! ¿Y cómo esperar sin saber? ¿Qué esperanza es esa esperanza que no sabe lo que espera? Una esperanza que no sabe lo que espera es propiamente... la desesperación".

Inclinándose a favor de Dios
En su desesperación, daba vueltas y vueltas a su situación, y al sentido mismo de la vida. "¿Quién es ese algo distinto de mí que hace mi vida en mí y me la regala? Claro está que enseguida se me apareció en la mente la idea de Dios. Pero también enseguida debió asomar en mis labios la sonrisa irónica de la soberbia intelectual. «Vamos -pensé-, Dios, si lo hay, no se cura de otra cosa que de ser. Dejémonos de puerilidades». Y en efecto, realicé el acto interior de rechazar esas que yo llamaba puerilidades. Pero he aquí que las puerilidades insistían en quedarse y se negaban a ser rechazadas". Intentó aplicar el rigor de la filosofía que era su profesión. Pero, para su asombro, su corazón, y poco a poco su cabeza, se iban inclinando a favor de un Dios providente.

Una Providencia sabia y amable
"Por una parte, la idea de una providencia divina, que hace nuestra vida y nos la da y atribuye, estaba ya profundamente grabada en mi espíritu. Por otra parte, no podía concebir esa Providencia sino como supremamente inteligente, supremamente activa, fuente de vida, de mi vida y de toda vida, es decir, de todo complejo o sistema de hechos plenos de sentido. Llegado a esta conclusión, experimenté un gran consuelo. Y me quedé estupefacto al considerarlo. «¿Cómo es posible -pensé- que la idea de esa Providencia sabia, poderosa, activa y ordenadora, pero que acaba de asestarme tan terrible golpe, me sea ahora de consuelo?». No lo entendía bien. Pero el hecho era evidentísimo. El hecho era que me sentía más tranquilo, más sereno y reposado. (Mucho tiempo después, leyendo a San Agustín, he descubierto la verdadera clave del enigma en la frase «inquieto está mi corazón hasta que en Ti descansa»)". Pero, ¿por qué esa Providencia parecía tan cruel con él?

Un Dios para pensar no para rezar
Ya más tranquilo, "pensaba en Dios; pero siempre en el Dios del deísmo, en el Dios de la pura filosofía, en ese Dios intelectual en el que se piensa, pero al que no se reza. Dios humano, trascendente, inaccesible, puro ser lejanísimo, puro término de la mirada intelectual". Ante un Dios así concebido sólo cabe una postura: la resignación. Lo intentó, pero sintió primero la frialdad, después la rebeldía. "En mi alma se produjo una especie de protesta, y creo, Dios me perdone, que algo así como una blasfemia subió a mi mente. Creo que acusé de cruel, de indiferente, de burlona, de sarcástica a esa Providencia que se complacía en zarandear mi vida, en traerla y llevarla a su antojo inexplicable, en darle y atribuirle acontecimientos y hechos que yo no quería, que yo repudiaba. ¿Qué puedo esperar -pensaba yo- de un Dios que así se complace en jugar conmigo, que me engolosina de esa manera con la inminente perspectiva de la felicidad, para hacerla desaparecer en el momento mismo en que yo iba a tenerla ya entre las manos? (...) No me someto al destino que Dios quiere darme; no quiero nada con Dios, con ese Dios inflexible, cruel, despiadado".

Por pura rebeldía pensó en el suicidio, pero lo rechazó: nada resolvía con ello
En ese estado, se le ocurrió pensar en el acto supremo de la rebeldía, en lo que parecía la máxima expresión de libertad frente a ese Dios dueño de nuestros destinos: el suicidio. "Pero tan pronto como me di cuenta de la conclusión a que había llegado, me espanté de mí mismo. No por la idea de suicidio en sí, que ya en otras ocasiones había estado en los ámbitos de mi conciencia, sino más bien por la absoluta ineficacia de un acto así, que a nada conducía, que nada resolvía".
Estaba en un callejón sin salida. Puso la radio. Música. Primero, César Frank; después, Ravel. Siguió L'enfance de Jésus de Berlioz, bien cantada por un magnífico tenor:

Finalmente consintió en pensamientos sobre la vida de Jesucristo
"Algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos. (...) Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar -sin que yo pudiera ofrecerles resistencia- imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Le vi, en la imaginación, caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un banquillo y mirando con grandes ojos atónitos a San José y a María. Seguí representándome otros episodios de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando los pies del Salvador, Jesús atado a la columna, el Cirineo ayudando al Señor a llevar la Cruz, las santas mujeres al pie de la Cruz. (...) Y los brazos de Cristo crecían, crecían, y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor, y la Cruz subía, subía hasta el cielo y llenaba el ámbito de todo y tras de ella subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños; subían todos, ninguno se quedaba atrás; sólo yo, clavado en el suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo, rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con Él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita, que se alejaba de mí". Aquello "tuvo un efecto fulminante en mi alma".

Por fin, quiso rezar de rodillas pero había olvidado el Padrenuestro
En realidad, supuso su conversión. "¿Y qué me había sucedido? Pues que la distancia entre mi pobre humanidad y ese Dios teórico de la filosofía me había resultado infranqueable. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado abstracto, demasiado geométrico e inhumano. Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ése si que le entiendo y ése sí que me entiende, a ése sí que puedo entregarle fielmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡horror!, ¡se me había olvidado!".

Una nueva visión de la vida
Siguió de rodillas, rezando como podía. Recordó cómo su madre le había enseñado a rezar, reconstruyó el Padrenuestro, y el Avemaría... y de ahí no pudo pasar. "No importaba demasiado; lo cierto era que una inmensa paz se había adueñado de mi alma". Se sentía otro hombre, el "hombre nuevo" del que hablaba San Pablo. Miró por la ventana: vio lo de siempre, Montmartre. Pero los ojos eran nuevos, y vio un significado que no había aparecido antes: ¡Mons Martyrum!, el Monte de los Mártires. Vio los mártires, que aceptaban libremente el supremo sacrificio. "¡Querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice supremo de la condición humana. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»".

Para reconstruir sobre nuevas bases
Las primeras conclusiones, los primeros propósitos, del cristiano Manuel García Morente empezaron a trazarse. "Lo primero que haré mañana será comprarme un libro devoto y algún buen manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones; me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño, es decir, sin discutirlas ni sopesarlas por ahora. Ya tendré tiempo de sobra, cuando mi fe sea sólida y robusta y esté por encima de toda vacilación, para reedificar mi castillo filosófico sobre nuevas bases. Compraré también los Santos Evangelios y una vida de Jesús. ¡Jesús, Jesús! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!".

Una misteriosa presencia de Jesucristo
Siguió algo extraordinario. Para reforzar la fe recién renacida, Jesucristo quiso tener en él un detalle extraordinario: hacerse presente de un modo misterioso, pero real; de un modo que no se podía percibir por los sentidos, pero se percibía. "Allí estaba él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. (...) Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé".

Como Santa Teresa
Duró un rato que no se podía medir, y terminó, para no volverse a repetir. Lo necesario, y nada más. Años después, encontró algo parecido en la Vida de Santa Teresa.

Alegría familiar
Al cabo de unos días, cayó el Gobierno en España y, poco tiempo después, pudo reunirse con su familia, en París, y darles la buena noticia de su conversión: ¡gran alegría para una familia en la que él era el único que había carecido de fe!

Sacerdote
En mayo de 1938 volvió a España, con la intención de realizar los estudios preliminares al sacerdocio. Fue ordenado sacerdote en 1940.
Manuel García Morente. El hecho extraordinario.

http://www.fluvium.org/textos/lectura/lectura9.htm

                                                                  Manuel García Morente

  En el relato de la conversión, el autor se refiere a una visión que tuvo acerca del mismo Cristo, mientras escuchaba en la radio una obra de Berlioz, "la infancia de Jesús", misma que ofrecemos aquí para el deleite del espíritu atento:

                                     Berlioz: "La infancia de Cristo", fragmento, ópera estrenada el 10
                                            de diciembre de 1854, en París. Orquesta dirigida por el autor.

  Dado que en esta ocasión sólo tocamos el punto de la conversión de García Morente, será suficiente con que participemos en el blog explicando lo que nos hace sentir y pensar la lectura de su conversión y escribir cómo esperamos nosotros o cómo podríamos prepararnos interiormente si algo así nos tocara vivir, es decir, si llegasemos a tener una de estas experiencias de Dios, asimismo, agreguemos en nuestro comentario lo que sentimos al enterarnos cómo se dio el itinerario espiritual de García Morente.

  Profesor Julián Hernández Castelano.

Sobre los conceptos de ética y moral. Ética y Valores I

Inmersos en la búsqueda del entendimiento y la distinción o similitudes entre estos dos fundamentales conceptos, agrego a continuación lo que ya antes escribí sobre el tema en mi tesis de licenciatura en Filosofía. La tesis se titula "Sine Nobilitate: Reflexiones en torno a la dimensión moral del mundo masificado" y corresponde al capítulo II, número 6:


1.    Moralidad o ética de la sociedad masificada.


 a) Mos y ethos

Vamos a partir ahora de dos vocablos que nos parecen claves para clarificar y también para calificar a la sociedad masificada. Se trata de las voces: moral y ética, mismas que tienen raíces y orígenes distintos, pero que guardan significados similares. La palabra ética, primeramente, proviene del griego ethos, que significa costumbre, hábito, uso;[1] por su parte moral proviene del latín “mos” y significa voluntad de alguien, deseo, capricho, pero principalmente costumbre, uso, género de vida, carácter, cualidad, propiedad, naturaleza, modo, manera, principios, reglas, leyes.[2] El propósito de enumerar y señalar las diferentes acepciones que encierran estos dos términos es simplemente para hacer notar una ambigüedad recurrente en nuestros días: el empecinamiento por catalogarlas como diferentes, cuando en su etimología y en su origen son iguales. Los estudios sobre la conducta, las normas y leyes que rigen a la sociedad, desde un enfoque filosófico, es decir, desde la pretensión por asentar y clasificar las diversas propuestas sobre la manera como se ha de vivir, ya sea personalmente o en sociedad, y que han considerado la igualdad de significados de estos dos vocablos, no tienen ningún empacho en decir que la ética puede ser llamada también filosofía moral.[3]

Al menos en la pretendida formación filosófica de quien esto escribe había por parte de ciertos profesores la intención por inculcar la idea de que lo moral es una especie de lo que más bien se conoce como “moraleja”, en el sentido de una enseñanza “positiva” para la vida, como una parábola, o como el mito aquel del Critias o de la Atlántida, en el que Platón sugiere la existencia de una ciudad hermosa, bien construida y con habitantes ejemplares por su seguimiento a la virtud y a las disposiciones de los dioses; pero que en un determinado momento todo eso se acabó porque degeneraron su comportamiento y su obediencia a los dioses:


Cuando la esencia divina se fue debilitando en ellos por su continua mezcla con la naturaleza mortal, cuando la humanidad se les impuso, entonces, impotentes para sobrellevar la prosperidad presente, degeneraron. Los que supieron ver comprendieron que se habían vuelto malos y que habían perdido el más preciado de los bienes; y aquellos que eran incapaces de ver lo que hace la vida feliz, juzgaron que habían llegado a la cumbre de la virtud y de la dicha en el tiempo que habían estado poseídos de la loca pasión de acrecentar sus riquezas y su poderío.[4]


Ejemplos acerca de enseñanzas morales sobran. Existen fábulas, mitos, parábolas, leyendas, cuentos, etc., sobre cómo desde tiempos pretéritos se buscaba dejar una enseñanza a los demás. El ánimo de los maestros para transmitir, para dejar a otros alguna lección de vida ya no parece tener la misma vigencia en nuestros tiempos; mas ese no nos parece el primer problema de la masificación. Es más bien esto uno de los signos de algo más grave, una consecuencia de lo realmente problemático y espantoso: la moral o ética de la sociedad masificada es la de la no moral o inmoralidad. No es tanto el hecho de que ya ni siquiera se distinga la pertinencia de observar una dimensión trascendente en las reflexiones sobre la moralidad o la ética, pues como nos dice Samuel Vargas Montoya:


La falla capital de los que llamaremos falsos sistemas de ética es su inmanentismo, contagio de la filosofía kantiana y que hace del hombre como tal, el principio y fin de los deberes dentro de su código de obligaciones. Se niega o se desconoce así la existencia de un principio superior al hombre mismo, o que trascienda la naturaleza de este último y en quien descanse, en último término, el origen de toda moral y el sentido de obligación y responsabilidad.[5]


Es, pues, también el hecho de que haya las más variadas teorías sobre la ética. Hasta se habla de una “ética sin moral”, o se pretende reducir la reflexión sobre la moral de nuestro tiempo o de cualquier otro tiempo a enunciados propios de la argumentación lógica, a silogismos sencillos para demostrar la validez o invalidez de tal o cual afirmación.

Por una parte se encuentra la pretendida reflexión acerca de la ética que se hace en las universidades o en los libros que filósofos locales hacen para ser tomados como textos en la etapa de educación media superior. Generalmente se hace un bosquejo histórico con la explicación paralela de las diversas escuelas filosóficas que proponían sus certezas o sus actitudes sin que por ello pretendiesen necesariamente dejar para la posteridad una serie de acciones o pasos concretos para seguir dicho comportamiento. Y en ese mismo tenor están los estudios eruditos sobre la teoría ética, las disposiciones y los pronunciamientos argumentativos sobre los temas más controversiales, o bien, las propuestas sobre los valores de moda para cada tiempo.

Y están, por otra parte, y si se me permite la distinción, una serie de análisis sobre cómo es concretamente la sociedad de cada tiempo. Son análisis oportunos y actuales de pensadores que asumieron el compromiso por asomarse al modo de ser de la sociedad, de las personas en cada tiempo y en cada circunstancia distinta. Considerando, tal vez, ciertos parámetros u observaciones tomadas de tiempos pretéritos, pero al fin y al cabo actualizando el diagnóstico sobre la situación moral en el tiempo en el que hacen sus reflexiones.

El problema de la coexistencia y la cohabitación con los demás y la manera como ha de darse esta relación, sin que nadie resulte perjudicado, es el problema de la colectividad, es el problema de la moralidad, del cómo conducirse para no perjudicar a nadie. Si se expone una salida semejante a un código normativo, surge después la cuestión de la autoridad y los méritos para lograr el respeto a cualquier norma. Si se deja a consideración de los particulares, surge el problema de la anarquía, el caos y hasta la imposibilidad de acuerdo alguno. En gran parte el origen de las leyes tiene que ver con una convencionalidad donde hay un acuerdo para vivir, convivir, coexistir y cohabitar los distintos habitantes de un determinado pueblo o sociedad. Más allá de las disyuntivas morales o las opiniones sobre lo que es mejor para la colectividad, es evidente que se necesita un mínimo de acuerdos para hacer posible la convivencia. La actitud que aquí se propone como una opción a seguir dentro de un mundo globalizado para no perder las diferencias distintivas que son el soporte de la identidad de las personas y de los pueblos, es la de la nobleza. Pero no esa nobleza hereditaria, glamorosa, elegante y aristocrática en sentido político, de la que la cultura burguesa ha hecho una crítica implacable después de su indudable corrupción como grupo social; sino la nobleza como actitud concreta del ser humano, la que tiene que ver con la exigencia personal por ser el mejor en cualquier ámbito en el que se desenvuelva cada uno.

Hablar sobre la moralidad de un tiempo determinado y una tal o cual sociedad no necesariamente supone una valoración discursiva o una argumentación sobre la verificabilidad de los hechos que se denuncian, sino una valoración de lo que concretamente sucede. Se podrá tener detrás de sí o dentro de sí una previa formación, una escala de valores, una experiencia de vida que le proporcione a quien lo hace las herramientas para pronunciarse, pero no implica que se deba demostrar mediante el discurso lo que se supone todos pueden verificar, pues lo evidente no necesita tal explicación, todos pueden darse cuenta de ello. Mas no por esto nadie debe tocar el tema ni callarse lo que le parece evidente, pues aunque lo sea para todos, no todos quieren o pueden verlo de manera tan clara, y no todos pueden expresarlo también con claridad. Decía José Ingenieros que «cada agregado humano cree que “la” verdadera moral es “su moral”, olvidando que hay tantas como rebaños de hombres (y que) cada “moral” es una medida oportuna y convencional de los actos que constituyen la conducta humana; no tiene existencia esotérica, como no la tendría la “sociedad” abstractamente considerada».[6] Las dimensiones que se le otorgan a las reflexiones sobre la moralidad o la ética de un tiempo determinado a veces vienen acompañadas por la intención de reducirlas— o ampliarlas, mejor dicho— a un ámbito de consideración universal para poder detenerse en la discusión y no mirar las circunstancias propias en las que se da la moralidad. Por otra parte, también el mismo Ingenieros considera que «la inmensa masa de los hombres no entendería el idioma de quien le explicara algún misterio del Universo y de la Vida, la evolución eterna de todo lo conocido. Para concebir una perfección se requiere cierto nivel ético y es indispensable alguna educación intelectual».[7] Con lo que claramente distingue entre la no posesión de un cierto nivel ético, equiparándola al estado de mediocridad que denuncia en su libro. La mayor aspiración a la perfección en lo que se hace proporciona dicho nivel ético y exige lógicamente la educación del intelecto.

Dice Unamuno que «nuestras doctrinas éticas y filosóficas en general no suelen ser sino la justificación a posteriori de nuestra conducta, de nuestros actos».[8] El fundamento para toda moralidad, no en el terreno propiamente de la teoría, de la justificación a la que se refiere Unamuno, sino el que tiene que ver con la práctica concreta, con el obrar y hacer sin más, lo deposita él mismo en el anhelo de la eternidad, en la perpetuación de la memoria, en la huella que puede dejarse con el hacer:


Mi conducta ha de ser la mejor prueba, la prueba moral de mi anhelo supremo; y si no acabo de convencerme, dentro de la última e irremediable incertidumbre, de la verdad de lo que espero, es que mi conducta no es bastante pura. No se basa, pues, la virtud en el dogma, sino éste en aquélla, y es el mártir el que hace la fe más que la fe el mártir. No hay seguridad y descanso más que en una conducta apasionadamente buena.

¿Cuál es nuestra vida cordial y antirracional? La inmortalidad del alma humana, la de la persistencia sin término alguno de nuestra conciencia, la de la finalidad humana del Universo. ¿Y cuál su prueba moral? Podemos formularla así: obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir. O tal vez: obra como si hubieses de morirte mañana, pero para sobrevivir y eternizarte. El fin de la moral es dar finalidad humana, personal, al Universo; descubrir la que tenga —si es que la tiene— y descubrirla obrando.[9]


Unamuno propone una entrega de todas las facultades del ser humano para realizar las tareas que siente que está llamado a hacer, de un modo muy especial: con la conciencia firme y clara de que puede eternizarse en dicha realización. La entrega de sí mismo para lograrlo tiene un paralelismo similar a la entrega de sí mismo que se realiza desde la actitud noble, egregia y extraordinaria que Ortega identifica y propone. Comparten ambos en ese punto un encuentro, una coincidencia. Ambos detectan como anómala la banalidad y la ramplonería que envuelve al hombre medio de su época. Unamuno denuncia en el terreno intelectual un vacío de ideas, de propuestas, una falta de originalidad y de rigor. Ortega acusa al hombre-masa como la causa del rebajamiento moral de la sociedad en general, con todas las características que ya se han mencionado antes y se seguirán exponiendo en el presente trabajo.



[1] Pabón, José M. S. de Urbina, Diccionario manual Griego-Español, Reimpresión de la XVIII edición Barcelona,  Vox, 1999, p. 173.
[2] Pimentel Álvarez, Julio. Breve Diccionario Latín-Español, Español-Latín. México, Ed. Porrúa, 1999, p. 322.
[3] Podríamos hacer un enlistado de un buen número de ejemplos que bien pudieran apoyar nuestra afirmación, pero resultaría insuficiente e injusto para tantas obras que se han escrito en torno a la filosofía moral. La misma tradición occidental filosófica ha considerado ésta como una rama de la filosofía, por lo que todo acercamiento al ámbito de la ética era igualmente un tratamiento dentro del ámbito de la filosofía moral. Recordemos desde la tradición latina al propio Séneca con sus Tratados morales, o lo escrito por el mismo Descartes en torno a las pasiones del alma.
[4] Cfr. Platón. Critias o de la Atlántida, en Diálogos, («Colección “Sepan cuántos…” núm. 13»), México, ed. Porrúa, 1984, p. 733.
[5] Vargas Montoya, Samuel, Ética o filosofía moral, México, Ed. Porrúa, 1972, p. 11.
[6] Ingenieros. José. El hombre mediocre. («Colección “Sepan cuántos…” número 270»), XVII edición, México, Ed. Porrúa, 2004, pp. 73-74.
[7] op. cit. p. 23.
[8] op. cit. Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, («Colección “Sepan cuantos...”, número 402»), México, Ed. Porrúa, p. 139.
[9] op. cit. p. 140.

Pongo enseguida las preguntas que me habrán de contestar los alumnos del primero de Bachillerato de nuestro Colegio:

1. ¿Cuál es el origen etimológico de los términos "moral" y "ética" y cuál su significado respectivo?
2. ¿Qué moraleja o enseñanza dejó Platón en su Diálogo de "la Atlántida?
3. ¿Cuál se sugiere que es el verdadero problema con respecto de la moral en los tiempos de la masificación y por qué se señala la diferencia entre inmanentismo y trascendentismo?
4. ¿Cuál es la actitud que se propone como referente de lo moral en el mundo masificado y cuál es la justificación para ello?
5. ¿Qué es lo que considera José Ingenieros acerca de la moralidad de nuestra civilización y por qué piensa que para entender los misterios de la vida es necesario tener cierto nivel ético?
6. ¿Cuál es el ideal supremo de la moralidad que propone Miguel de Unamuno y qué tiene que ver ello con la idea de vida eterna?
7. ¿En qué coinciden sobre el tema de la moralidad tanto Unamuno como José Ortega y Gasset?

  Profesor Julián Hernández Castelano.